23 abril 2011
Something Borrowed
Azul Celeste.
Dicen que en los sueños no se perciben realmente los colores. Y sin embargo, lo recuerdo perfectamente.
El azul celeste nos sirvió de cobijo, el azul celeste lo rodeaba todo.
Fue nuestro refugio.
Pero antes del azul celeste, llegaría el azul de la fuente.
Estaba en otro lugar, no sé donde, la primera vez que la soñé.
Me encontraba en una plaza, junto a una fuente de piedra, enorme, antigua, brillando bajo un cielo muy azul.
Recuerdo todos esos detalles, recuerdo la calle, la gente que pasaba por ahi. La iglesia que se encontraba cerca, se alcanzaban a escuchar sus campanadas. Era un lugar sereno, un espacio de paz al medio día. Un lugar donde nunca antes había estado, donde ni mis pasos ni mis viajes me habían conducido antes. No sé como llegué ahí. Según Nolan, así sucede en los sueños. Haremos caso por esta vez.
Como llegué ahi, finalmente, se vuelve irrelevante.
Un par de minutos después, es cuando el sueño se volvió interesante.
Muy interesante.
De momento estaba ahi, disfrutando de la brisa fresca que danzaba con el murmullo del agua, sin saber
exactamente que sucedía, pero con una sonrisa en el rostro.
Ella lo sabía.
Apareció entre la gente, me miró y con una sonrisa enorme e inesperada, se dirigío a donde estaba yo.
Me recibió con un abrazo fuerte y un beso en la mejilla, como si no fuera esa la primera vez que nos veíamos. Como si supiera exactamente quien era yo, y lo que estaba esperando ahi. La esperaba a ella, por supuesto, pero yo no lo sabía.
No esperaba esa sonrisa.
No esperaba ese abrazo.
Mucho menos esperaba todo lo que sucedió después.
Por ahora, solo podía mirarla y sentirla en ese abrazo.
Era muy familiar, como la conociera desde siempre.
Me escuchó hablar y me dijo: - Si, eres tú. Me gusta.
Yo no podía dejar de mirarle.
Vestía una sencilla blusa gris y un pantalón azul. Su cabello rizado enmarcaba un rostro amable y sonriente. Radiante, inclusive.
Sus anteojos le daban un aire muy profesional, un aire serio e intelectual, que contrastaba con su risa estridente.
Porque reía. Hablaba y reía. Se le veía muy feliz.
Y yo, hablaba con ella, le sonreía, y no podía dejar de mirarle.
No sabía porque.
De golpe me di cuenta.
Era su rostro.
Se parecía mucho a alguien a quien conocí hace mucho tiempo.
Alguien a quien perdí.
Esto me hizo perder el control unos momentos.
Si en un principio no podía dejar de mirarle, después de darme cuenta de este detalle, sucedió lo contrario. Ya no podía mirarle sin perder el control.
Me sorprendió demasiado.
Algo más que no esperaba finalmente.
Caminando y platicando, estabamos ahora en otro lugar. De nuevo, no sé como llegamos ahi.
Recuerdo la música de fondo y el color de las paredes.
La recuerdo a ella sentada frente a mi.
Recuerdo las bebidas frente a nosotros, las sillas y las mesas.
Recuerdo las plantas, recuerdo los sonidos. Los olores.
Recuerdo la mesa, y la conversación que sostuvimos.
Todavía me costaba mirarle, pero poco a poco lo superé.
Las pequeñas diferencias ayudaron.
La sonrisa era distinta, los anteojos, la voz. Su naturaleza estridente y su sonrisa franca me desarmaron. Poco a poco me fui dejando ganar. De nueva cuenta, no podía dejar de mirarle. Sin pensar muy bien en lo que hacía, estiré mi mano y toqué su rostro.
Sentí su mejilla suave, mientras ella cerraba los ojos.
Fue mi turno de desarmarle.
Ella, que aparentemente sabía más que yo, no esperaba ese momento.
¿Sería quizás ese momento el que cambió todo lo que vino después?
No lo sé.
De pronto, estábamos platicando, sentados en un sofá. Tomaba mis manos y mis ojos con los suyos.
- ¿Qué te duele tanto?, ¿Por qué tanta tristeza en tus ojos negros? - Me preguntó.
- No te duelo yo. No soy yo. - Afirmaba sin esperar respuesta.
Le conté. Mas que contarle, se desbordó todo lo que sentía, todo lo que me pesaba.
Me sentí aliviado, me sorprendí confiando en ella.
Nunca la había visto, y sin embargo la conocía.
Nuestras voces guardaron silencio. Y fue el turno de hablar de las manos.
De los ojos
De la piel.
De todo lo que conversaron, voy a guardar silencio.
Aún en los sueños, no se debe besar y contar.
No hablaré de su piel suave y cálida.
De sus manos traviesas.
De los sonidos, de los olores.
Del sabor dulce, de lo salado.
No contaré de su cabello revuelto, ni de mis manos sobre sus caderas.
No. No lo diré.
Pero lo recuerdo como si lo hubiera vivido hace un momento.
Así como recuerdo el trinar de los pájaros.
La primera vez, el sueño terminó con ese sonido.
Al escucharlo todo se esfumó. Todo volvió a la normalidad.
La segunda vez, ocurrió todo más o menos de la misma forma.
Solo dos cosas fueron distintas.
Una. Ella llevaba una blusa azul estampada.
Dos. Después de las caricias, hubo más tiempo para hablar.
Acostados, desnudos. Abrazados.
No sé cuanto tiempo transcurrió.
Ella lo comentó con una hermosa sonrisa.
Recuerdo que sonrió, de una forma cautivadora y me dijo:
- Mira. Acabo de colgar al sol de la ventana. No se va a mover de ahí.
Fue así como el tiempo se detuvo.
Viví cautivo de ese instante así como ese instante vive ahora cautivo en mi.
Entre nosotros se cruzaron más palabras, más caricias. Más momentos.
Los pájaros volvieron a sonar. Ella sonrió de nuevo.
- Es momento de que vuelvas, mi querido Edmundo. Es momento de que emprendas el camino de regreso.
No sabía donde estaba ese camino, solo la miré con su enorme sonrisa que iluminaba su mirada.
No sé donde estaba.
No sé si era otra realidad, otro espacio, otro tiempo.
Tal vez estaba en una realidad donde nos pertenecíamos, mientras el sol detuviera su danza.
Quizás habría alguna realidad donde pudiéramos haber sido mucho más que amigos, más que amantes en un sueño furtivo. Quizás en otro sueño. En otro tiempo, en otro momento.
No sabía donde estaba.
No sabía cuando estaba.
Rayos, no sabía ni quien era ella realmente.
De momento, en ese lugar, en ese tiempo. Ella solo sonreía.
- Mi dulce Dantés. - Me dijo.
- ¿Quién eres? - Pregunté finalmente.
Los pájaros no dejaban de cantar.
Su canto era cada vez más dulce, pero también cada vez más presente.
- Tengo muchos nombres. - Me respondió. - Me han llamado Astarté, Luna, o Elba. De muchas formas. Depende del tiempo, depende del lugar. Sin embargo, Tú puedes llamarme de otra forma, corazón. - Me dijo sin dejar de sonreír, sin dejar de traspasarme con su mirada.
Se acercó suavemente, cerró mis ojos con un besó.
Y los abrí.
Abrí los ojos, despertando a la mañana que me esperaba.
El misterio de los pájaros quedó resuelto en ese mismo instante.
Por la ventana de mi recamara, entraba su dulce canto.
Bajo los rayos incipientes del amanecer, un árbol de cerezo les servía de atril.
Una dulce sinfonía de rosa, de sol y de trinos, recibiendo la mañana.
No pude menos que sonreír.
Y con esa sonrisa todavía en los labios.
Con los ojos bien abiertos, escuchando al día que comenzaba, la escuché también a ella.
Claramente, como si estuviera todavía frente a mí. Escuché su voz.
La escuche sonreír, la escuche darme un último abrazo.
Un último regalo. Su nombre.
Con toda claridad, ya completamente despierto, mirando el cerezo en flor, la escuché decir...
- Tú puedes llamarme Circe.
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5 comentarios:
Faltan solo uno más y el epílogo.
Espero poder terminarlos.
Es un sueño hermoso...me gustaria soñar algo así y no premoniciones
Extrañaba leerte, Abrazos
Las premoniciones no son malas, lo malo es dejar de soñar.
Gracias por leer, Karol.
Abrazos.
Los sueños a colores son los más hermosos. Qué lindo leerte.
Gracias Vania.
Este en particular fue muy especial. Fue muy, mmmmm, intenso.
Saludos.
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